Viernes, 19 Agosto 2016 00:00

CONFERENCIA "REBELIONES INDÍGENAS CONTRA LA ESPAÑA DEL S. XVIII"

Escrito por 

El historiador Eduardo Barrera Monroy, impartirá hoy Viernes 19 a las 7.30 h en la sede de la asociación de Amigos del Patrimonio de Laredo, la conferencia que lleva por título Rebeliones Indígenas contra la España del S. XVIII. El caso de los indios Guajiros.

 

SINOPSIS


Para las autoridades españolas del siglo XVIII los indios guajiros o wayuu, como son conocidos actualmente, eran prácticamente una nación enemiga. En 1718 el gobernador Soto de Herrera había dicho que eran bárbaros, ladrones cuatreros, dignos de la muerte, sin Dios, sin ley y sin Rey”. En igual forma los veía el virrey Pedro Messía de la Zerda, quien en 1769, un mes antes de que tuviera lugar el llamado “levantamiento general de la nación guagira”, dijo que eran “ambiciosos, traidores, vengativos, desconfiados y llenos de abominaciones”.

Esta fama surgía del hecho de que habían tratado de conservar su independencia de los españoles con una decisión incomparable, que hizo que españoles e indios vivieran en una permanente situación de guerra. En efecto, y para hablar sólo del siglo XVIII, se habían rebelado en 1701, cuando destruyeron la misión capuchina; en 1727, año en el que más de dos mil indígenas atacaron a los españoles; y en 1741, 1757, 1761 y 1768. Además, de todos los pueblos aborígenes del territorio colombiano, fueron los únicos que aprendieron de los españoles cómo usar dos elementos que resultaron básicos para la defensa de su independencia: las armas de fuego y los caballos. Mientras los demás indígenas colombianos enfrentaban desigualmente sus armas tradicionales a los fusiles y caballos de las autoridades, los guajiros, como los indios del oeste norteamericano, pudieron resistir porque dominaban un importante aspecto de la técnica militar de sus enemigos. Como decía Messía de la Zerda, “por lo que respecta a hacer la guerra, los he visto manejar un fusil y fatigar un caballo como el mejor europeo, sin olvidar su arma nacional la flecha; a esto les acompaña un espíritu bizarro con mucha parte de racionalidad adquirida en el inmemorial trato y comercio que han tenido con todas las naciones”.

A estas habilidades se añade la ventaja que les daba el dominio de un territorio muy difícil para los españoles, por la ausencia de aguas: “Estos hombres, decía el virrey, se mantienen sin comer y ni beber dos y tres días, y les satisface abrir en breve instante la tierra con sus manos, y beber un sorbo de agua de cualquier calidad que sea, comen raíces de yerba, y frutillas silvestres, que uno y otros acabarían con un hombre de los nuestros en pocos días”.

En 1769 tuvo lugar una severa rebelión, provocada por la captura de 22 guajiros por las autoridades españolas para llevar los a trabajar a las fortificaciones de Cartagena. La respuesta no se hizo esperar: el 2 de mayo los indios de El Rincón, cerca de Riohacha, incendiaron su pueblo y quemaron la iglesia, en la que murieron dos españoles que se habían refugiado en ella.

Desde la ciudad de Río de la Hacha salió inmediatamente una expedición que pretendía rescatar al padre capuchino de El Rincón, capturado por los indios; el jefe era el cabo José Antonio de Sierra, mestizo, quien había estado a cargo de la captura de trabajadores para Cartagena. Los indígenas lo reconocieron y lo obligaron a refugiarse en la casa cural, que todavía estaba en pie pero fue incendiada por los rebeldes: Sierra murió junto con ocho de sus hombres.

Este incidente fue conocido inmediatamente por los demás poblados guajiros, que se sumaron gradualmente a la rebelión en los días siguientes al 2 de mayo, empezando por los indios de Orino, Boronata y Laguna de Fuentes. La población rebelde era muy elevada, pues según Messía de la Zerda los guajiros tenían “veinte mil indios de fusil y flecha”. Las armas de fuego, adquiridas a los contrabandistas ingleses y holandeses, y a veces a los mismos españoles, permitieron a los rebeldes apoderarse de casi todas las poblaciones de la región, las cuales procedieron a incendiar sistemáticamente. De acuerdo con los informes de las autoridades, más de cien españoles murieron y muchos fueron secuestrados. Por otra parte, los indios se apoderaron de los ganados de los españoles y los llevaron hacia la alta Guajira.

La rebelión se fue apagando rápidamente. Los españoles se refugiaron en la ciudad de Riohacha, donde esperaban un eventual ataque indígena anunciado por toda clase de rumores. El comandante de esta ciudad se apresuró a enviar cartas urgentes a los gobiernos de Maracaibo, Valle de Upar, Santa Marta y Cartagena pidiendo apoyo e informando la carencia de recursos defensivos. Cartagena despachó a comienzos de junio cien hombres del Batallón Fijo y Maracaibo envió algunas ayudas. Este conflicto, como se dijo, no fue único: desde el momento mismo de la conquista los españoles trataron de dominar la región, para evitar la expansión del comercio de contrabando inglés y holandés. A veces trataron de sujetar a la fuerza a los wayuu, mientras en otros momentos se dieron situaciones de convivencia e intercambio comercial que produjeron un amplio proceso de mestizaje



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